Decías...

*

Decías que te seducía el chispear de mis ojos al reír,

decías que las sonrisas de mi boca dibujaban alegría de vivir,

y que mis manos te regalaban un mundo de sueños,

cuando despacio... se perdían en el ardor de tu cuerpo.

**

Decías que te encantaba imaginarme desnuda

en las noches de lluvia,

y rozar lentamente cada parcela de mi piel sumisa.

Decías que te excitaba inventar en la distancia,

aquellas efusivas caricias mil veces compartidas.

Y que poseías la facultad de amarme en tu fantasía,

con idéntica fuerza que si a tu lado yaciera.

Decías... decías... decías...

**

Y yo, ciega de amor,

flotaba en una nube de ventura que nada confundía,

que nada vencía, que nada temía.

Me impulsaba la magia de una extraña y poderosa energía,

me sentía mujer, hasta en el más escondido rinconcito de mi ser.

Y abrasada en la pasión del momento,

hubiera sido capaz de desafiar por ti, el universo entero.

**

Pero así... apenas sin advertirlo,

los sueños cesaron, tus labios callaron,

y la dicha se transformó en suplicio y silencio.

De repente nacieron falsos pretextos sin fundamento,

y cambiaron de nombre los sueños.

El frío de la desconfianza penetró insidioso en mi cuerpo,

y el incisivo dolor de la indiferencia,

se instaló en la soledad de mi lecho.

*

Marie-Ange Bonnevie

Cazilhac. Le 06. 05. 2004